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¡Feliz lectura!


miércoles, 4 de abril de 2012

Recordando a Gustavo Roldán


Creo que los chicos entienden todo y quieren saber de todo. Desconfiar de su capacidad es desconfiar de la inteligencia, de la sensibilidad del otro. Y desconfiar de la capacidad de la palabra es, en última instancia, desconfiar de nosotros mismos. Podemos desconfiar de nosotros mismos pero, si jugamos en serio, las palabras siempre van a alcanzar. Sobre todo lo que hay detrás de las palabras. 
Gustavo Roldán


Gustavo Roldán
Ayer 3 de Abril falleció en Buenos Aires el escritor e ilustrador argentino Gustavo Roldán (1936-2012). Muy querido y reconocido en su tierra, tal vez un poco menos leído en la nuestra, nos deja un legado de varias obras para niños. A continuación, a manera de homenaje, reproduzco uno de sus cuentos publicado en la Revista ImaginariaConsidero que es la mejor forma de recordarlo y de acercarnos a su obra.



Historia del Chajá y de la Buena Prensa
Por: Gustavo Roldán


—¡Minga! —gritó el Diablo—. ¡A mí no me van a echar la culpa de todas las porquerías que pasan en el mundo! ¡Ya me tienen podrido!

El pobre Diablo tenía razón. Si había llovido demasiado, era culpa del Diablo; si la sequía se venía larga, era cosa del Diablo; si llegaba la peste, el Diablo había metido la cola.

Y cuando algo ponía contentos a los hombres, meta dar gracias a Dios y a todos los santos.

—¡Carajo, carajo y tres veces carajo! ¡Lo que es tener buena prensa! ¡Pero esto no va a quedar así!

Y se sentó a meditar en un brasero encendido.

Pensó y pensó, pero estaba demasiado enojado para tener buenas ideas.

—Mejor me preparo unos amargos.

Y se levantó del brasero para poner la pava.

Como era de imaginar, el agua se le calentó de más, la yerba se lavó y no se quemó la lengua simplemente porque el Diablo no se quema con un mate caliente.

Al final respiró hondo, contó hasta siete mil, porque contar hasta diez no alcanza para un buen Diablo, y se tranquilizó un poco.

—Hay que tomar al toro por las astas —se dijo—, y lo vamos a hacer ya mismo.

Ahí nomás se comunicó con Dios y le pidió una cita para discutir algunos asuntos.

—¡Cómo no! —le dijo Dios—. Venite cuando quieras y charlamos un rato.

—¡Eso sí que no! ¿No sabe lo que pueden llegar a decir si ven a un diablo en el cielo? ¿Por qué no viene usted a visitarme?

—¿Y las habladurías? ¿Te imaginás lo que puede decir la gente si se entera que yo estuve en el infierno? También tengo que cuidar la imagen, uno se debe a su público.

—Tiene razón. Mejor busquemos un lugar neutral.

—Es lo mejor —dijo Dios—. ¿Qué te parece si nos encontramos en la Tierra? De paso echamos un vistazo a las cosas de la gente.

Y así fue. Una semana después se encontraron en la Tierra. Por supuesto, los dos disfrazados de hombres, porque no era cuestión de que no los dejaran charlar pidiéndoles autógrafos. Ya se sabe lo que pasa con los que son famosos.

Para mayor tranquilidad, y porque a los dos les gustaba pasear por el campo, se metieron por un caminito perdido y caminaron y caminaron.

El Diablo no se anduvo con vueltas y de entrada nomás planteó todas sus discrepancias con lo que andaba pasando.

Dios lo escuchó atentamente, sin distraerse con los pajaritos que pasaban volando ni con el color de las flores. Al final le dijo:

—Creo que tenés bastante razón, pero no hay que olvidar que aquí yo soy el bueno y vos sos el malo. Además, tan pero tan inocente no sos. Mirá que nos conocemos bien.

—Sí, don Dios, pero las cosas tienen un límite. Acuérdese de la historia del diluvio y del arca de Noé. Yo no fui el que los ahogó a todos los hombres. No voy a negar que saqué mis ventajas, si era un gusto ver como llegaba gente al infierno. Fueron días de fiesta para mí.

—Me imagino —dijo Dios mordiendo un palito.

—Tampoco tuve nada que ver con la destrucción de Sodoma y Gomorra. Ni yo hubiese sido tan duro. No fue un trabajo muy limpio, digo, pensando en los chicos y en los recién nacidos.

—Vamos, vamos, que también sacaste tus ventajas.

—Sí, pero yo voy a otra cosa. A mí también me preocupa el prestigio personal, y la gente me echa la culpa de cosas con las que no tengo nada que ver.

—Diablo, Diablo, somos pocos y nos conocemos. Si sabré tus historias.

—No le estoy cuerpeando a mis historias, digo que me echan la culpa de algunas que son suyas. Usted también se toma sus venganzas.

—¿Yo? —dijo Dios mordiendo fuerte su palito.

Ya habían caminado mucho y tenían un poco de sed.

En ese momento llegaron a la orilla de un río donde dos lavanderas estaban enjabonando un atado de ropa.

Vaya a saber con qué facha estarían disfrazados Dios y el Diablo porque las lavanderas, apenas los vieron, comenzaron a reírse.

Dios, con toda educación, dijo:

—Somos dos viajeros con sed, ¿nos convidarían un jarro de agua?

—Claro que sí —dijo una de las lavanderas, y le alcanzó un jarro con agua jabonosa mientras la otra se reía a más no poder.

—Desde ahora ustedes serán pura espuma, como el agua que me dieron —dijo Dios.

Y las dos mujeres salieron volando, convertidas en chajás.

—Linda prueba —dijo el Diablo—. Muy linda prueba, digna del mejor mago. Yo admiro su habilidad, ¿pero se acuerda de lo que veníamos hablando? Ahora también me van a echar la culpa a mí.

—No, nadie te va a echar la culpa. Van a decir que fue un castigo ejemplar para los que no fueron capaces de calmar la sed de un viajero. Cualquiera sabe que a nadie se le niega un vaso de agua.

— ¿Sabe, don Dios? Ahí es donde yo lo envidio. En cómo consigue usted tener tan buena prensa.


Este cuento hace parte de Cuentos con plumas y pin plumas. Buenos Aires: 2004, Ed. Suramericana.

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